Evolución del feminismo: De la libertad femenina a la lucha de clases


Imagen: Mary Wollestonecraft, feminista liberal.

Mucha confusión genera actualmente el debate en torno al feminismo. Esta confusión se debe, principalmente, al desconocimiento de la evolución histórica del movimiento.

Columna: Virna Vega.

La primera ola del feminismo «feminismo ilustrado», cuyas primeras expresiones se remontan al S.XVII, surge como una demanda femenina para acceder al conocimiento ilustrado, el mundo de las artes y las letras, reservado hasta entonces exclusivamente para los hombres. La mujer de aquella época comienza a rebelarse ante el rol fijo y más bien «secundario» que ocupa en la sociedad.

La segunda ola «liberal-sufragista», cuyo inicio se identifica a mediados del siglo XIX, abogó por mayor participación femenina en la vida pública y el ingreso a la política. El sufragio universal, de adopción paulatina en democracias occidentales, y el derecho a participar en cargos de representación popular, fueron sus principales conquistas. El legítimo anhelo de igualdad ante la ley comienza a materializarse.

A mediados del siglo XX, interesantes fenómenos tienen lugar.

La irrupción de la píldora anticonceptiva en los sesentas, y su rápida masificación gracias al modo de producción capitalista, abrió un mundo para la mujer antes inexplorado: pudo por primera vez en la historia decidir sin temor sobre aspectos de su propia sexualidad, maternidad y vida familiar. Si bien su rol continúa siendo principalmente el de esposa o madre, va adquiriendo progresivamente mayor independencia: puede optar por estudiar, ingresar formalmente al mundo laboral y disputar los mismos espacios que antes estaban reservados para los hombres; puede liderar equipos de trabajo, elegir pareja sexual libremente y decidir en torno a la maternidad. El capitalismo además –irónicamente para la corriente marxista del feminismo– es su aliado en esta lucha emancipadora: provee de lavadoras automáticas, hornos microondas, lavavajillas, pañales desechables y un sinfín de elementos que redujeron considerablemente -y continúan reduciendo- el tiempo dedicado a las tareas del hogar y en consecuencia, incrementando el tiempo disponible para dedicar a otras labores, permitiéndole ejercer otros roles. Los impedimentos para hacer con su vida lo que ella desee son ahora más bien de tipo «cultural»: no hay trabas legales que le impidan desarrollar las actividades que elija y posee los mismos derechos y deberes que el hombre. Ejercer los roles típicos asociados a su género, es ahora una elección personal. No existen estructuras legales que le impidan desarrollarse en forma diferente a su par masculino.

«La cuestión no es quién va a permitírmelo, sino quién me va a detener» sostenía la filósofa ruso-estadounidense Ayn Rand.

Y aquí es importante detenerse un momento. Habiendo la mujer conquistado los mismos derechos, y teniendo los mismos deberes que los hombres ¿puede hablarse -en serio- de sometimiento, «patriarcado», o alguna otra fuerza opresiva distinta a la que sufre toda persona, vale decir, la coacción estatal?

Desde un punto de vista libertario, la ausencia de fuerza o coacción en las relaciones humanas es el fin más elevado. Las personas deben poder ser libres de elegir voluntariamente lo que, de acuerdo a su propio criterio, crean mejor para sí mismos, pero también responsabilizándose por aquellas decisiones.

Y es aquí donde el feminismo moderno falla.

El feminismo moderno, «tercera ola», no tiene la inspiración libertaria de sus predecesores, pues no toma en cuenta las elecciones de gente libre y responsable, sino que se centra en los resultados desiguales de esas decisiones.

Victimiza a la mujer si gana menos que un hombre en laborales mal remuneradas, en vez de alentarla a buscar trabajos mejor remunerados. La desvaloriza  -considerándola incapaz de acceder a puestos clave por sus propios medios-  al proponer leyes de cuotas en política o directorios. La oprime, al buscar que se legisle sobre la prohibición de actividades en las que ella, libre y voluntariamente decide trabajar. La ridiculiza y persigue, si no comparte sus preceptos ideológicos. La humilla, al suponer que sólo mediante la acción mediadora o protectora de alguna agencia estatal ella puede alcanzar el éxito. Reprocha su éxito, si utiliza su belleza para conseguirlo. En definitiva, la denigra.

En la tercera ola feminista predomina, lamentablemente, la visión marxista de la lucha de clases. Sólo que las clases ahora cambiaron: el «capitalista-opresor» es ahora el hombre, y el «proletario-oprimido» es la mujer. No es de extrañar entonces que el «feminismo moderno», «hembrismo», «femimarxismo», «feminazismo» o «lesbo-feminismo», busque el constante enfrentamiento entre los sexos, inflando polémicas de género para presionar la agenda legislativa.

La buena noticia es que también existe un feminismo moderno libertario, y como tal, necesariamente individualista. Respeta las diversas opciones individuales y busca la liberación de la mujer de la única coacción real: la que ejerce el Estado sobre ella. Ve al hombre como su aliado y complemento en esta lucha liberadora, y no como su enemigo. Promueve el amor, y la no violencia. Rechaza usar los medios coactivos y promueve el uso de los medios voluntarios.

Las primeras olas del feminismo tenían una motivación libertaria. Lograron la igualdad de derechos y la emancipación femenina. La tercera ola del feminismo, de motivación totalitaria y basada en antagonismo, no busca la liberación de las mujeres sino la lucha de clases, aunque ahora como la lucha de los sexos.

 



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